Para un culo de mal asiento como yo, el verano no es la mejor época. No es una cuestión de que no me guste. Llegado un punto, a uno le gusta o, allá cada cual, le disgusta todo. Es una cuestión de vasos a medias y miradas maniqueas. La historia es que ayer mismo, enclaustrado por la canícula en las férreas garras de mi sofá y amparado por un ventilador renqueante - es que soy un clásico- traté de dejar pasar las horas. En el fondo creo que esperé que sucediera algo que me sacara de la poltrona, pero no pasó.
Tras dos horas de probar mi habilidad con el zapeo y frustrado ante la oferta, arrojé el mando contra la pantalla. Al instante oí ese ruido -cling, clong, cling- que me advertía de que mando, tapa y pilas habían decidido disolver su sociedad. Imaginen la situación: yo, piernas en alto apoyadas sobre una mesita, espalda empapada adherida al sofá de cuero y sin control, a merced de una caja de Pandora abierta. ¿Podía haber algo peor? En aquel instante comenzó un informativo. Si, siempre hay un peor.
Y allí me quedé, soldado al sillón, condenado a ver pasar ante mis ojos las miserias de mis congéneres y las propias.
En segundos mis ojos retuvieron imágenes de restos humanos esparcidos por una calle de vaya usted a saber dónde (casi siempre Irak), bosques ardiendo, accidentes de tráfico… Una sucesión de sangre, fuego, destrozos…
Así que allí estaba yo, en el descanso del guerrero, en un cálido fin de semana. Y mientras, no muy lejos, las llamas devoraban vida, en los bosques, en las calles de Bagdad o en cualquier otro lugar. En aquel momento me aferré a aquel sentimiento que une a muchas familias ante una larga enfermedad de uno de sus miembros. Deseé que las llamas continuasen, que devorasen todo, acabasen con el mundo cuanto antes, dejando a su paso una nueva oportunidad para que otros intenten hacer las cosas bien, que no mejor.
Y mientras, según aumentaba el calor, a medida que todo ardía, decidí acercarme a la nevera, disfrutar de un va
so frío de agua y, de paso, me reencontré con el mundo que vivo todos los días. Desde la cocina, veía, tras unas filas de casas, unas montañas, no muy lejos los árboles, y debajo, correteando sin miedo al sol, los niños jugando en las calles.
Antes de volver al salón fui a la caja de fusibles, corté la luz y, tras reensamblar el mando a distancia y devolver la corriente, volví al sillón. Ya, con el poder en las manos, libando de canal en canal y esquivando llamas de cualquier tipo descubrí lo equivocado que estaba, lo fácil que es llevarse por un momento de tensión. Y cómodamente sentado, con el sudor empapando mi cuerpo, apenas amparado por el ventilador, me reconfortó pensar que el mundo es hermoso.
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