RAyer,
en una conversación telefónica, un buen amigo mío
me recordó una palabra que en los últimos tiempos uso
con abundancia: “chacho”. Las seis sonoras letras me ayudan
a expresar mi condición de hombre de origen humilde, apartado
del glamour de las clases adineradas. Por ponerles un ejemplo, en
esa confidencia telefónica me quejaba amargamente de mi estado
de salud,
mientras mi interlocutor me auguraba un entierro digno de mí
con unas coronas de flores de corte “chacho”. Al grano.
A diario me encuentro supuestas normas de conducta, reglas babosas,
con las que nos sentimos educados, menos plebeyos. Son meros espejismos.
Me revientan las mesas con más de un tenedor. ¿Nadie
ha pensado que con un único tenedor y un cuchillo se puede
comer igual que con 20 tenedores y 20 cuchillos? ¿Es que la
comida gana en aporte energético, sabor, calidad…? Ni
mucho menos. Pero la necesidad de diferenciación hace que un
tío forrado de pelas no pueda comer igual que un mega chacho
de tenedor, único, de plato único para no tener que
fregar otro y comida rápida. Porque, tener dinero, es un trabajo,
y los “forraos” de este mundo no dan un palo al agua.
Para ellos, cuidar su cuerpo es un trabajo en sí mismo, pero
un chacho tiene que estar arañando horas laborales para poder
ir a una consulta de la seguridad social, hacer cola con 20 ancianos
(llenos de achaques y ahí, esperando en un incómodo
pasillo un día sí y otro también) y dar las gracias
cuando le tratan como a ganado. Para un director de algo (enchufado,
enchufado, enchufado), sólo hay que coger, ir al médico
de pastón y todo en el día. Por la puerta grande.
La próxima comida a la que acuda y se me plantee la cubertería
chachi piruli, voy a comer el pollo con las manos, voy a sorber el
plato de la sopa -porque en mi casa nunca ha sobrado nada de nada,
señora, y la sopa no está para que la dejen en el plato-
y me voy a rascar el culo con el único tenedor que utilizaré
en toda la comida. Ah, y al camarero que me traiga la fruta con cuchillo
y tenedor le voy a pedir que se los lleve de vuelta a su sitio, para
que nadie tenga que fregarlos. Es muy fácil no llevar la camisa
arrugada cuando uno nunca ha tenido que preocuparse de plancharla.
No me estoy poniendo en plan revolucionario (aunque por momentos uno
se siente émulo de Robespierre), pero reivindico la dignidad
del que es chacho y no ha podido ser otra cosa en su vida. O no ha
querido. Bastante historia tiene uno con sus ocho horas de curre diarias
para encima andar con los jueguecitos de comer a lo millonario. El
día menos pensado me planto en una boda en bermudas, deportivas
y camiseta. Porque a mí, los uniformes siempre me han fastidiado.
Pero eso de ver a un chorizo vestido de policía, o a un chacho
encorbatado...
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