He
dejado de fumar. Me lo dije el día primero del año:
Aurora, el fumar se va a acabar. Y dicho y hecho. Vamos, que como
diría mi Paco del Caño: “Oye tú, que como
una ralla en el agua…” Eso sí, lo hice como se
tienen que hacer estas cosas: con ceremonia.
Enterré, en plan arapajoe, el paquete de cigarrillos en una
esquina de mi eximio jardín (a mí me gusta de llamarle
corral, que queda con un punto country que te cagas) y me mamé
casi una azumbre de calimocho yo solita. En plan botellón cutre,
solitario y penoso. Se lo juro, no lo repitan. No hay nada más
desesperado, ni más humillante, que pillarse una toña
de campeonato a los cincuenta y tantos y pasarse tres horas o más,
según me cuenta la familia, de auto flagelación. Patético.
De verdad. Y lo malo no es eso, lo malo viene el día después.
Horroroso. Sencillamente horroroso. Vamos, de no contarlo.
Estamos a día veintidós y sigo notando sobre los parietales
un nubarrón más grande que la madre de todos los temporales
que, según el gobierno, es el que se nos avecina. Hijos, qué
perra os entra. Coño, ni que fuera la primera vez que en este
país va a hacer frío. Aquí parece que si no te
curas en salud es como que te pillan en bragas. Y luego pasa lo que
pasa, -si lo sabré yo-; que de tanto nombrar al lobo, cuando
de verdad viene nos coge siempre con los pantalones abajo. Al tiempo
sino.
Una deja de fumar y piensa, tonta de ella, que va a ser feliz. Que
los días malos se han terminado, que todo va a comenzar a ser
bonito y de colores. Y una hostia que te comas. (Pongo lo de hostia
a sabiendas de que uno de mis señoriiiiiitos me va a echar
los perros, porque es que últimamente anda con un rapto Jiménez
Losantos que no se le pué aguantá). Pues no señor,
para nada monada. Que de estar mejor ni por asomo. Yo, en mi caso
mismo, estoy como una puta piltrafa. Y no es que quiera que me compadezcan
ni que me tengan lástima. Para nada. Es que no es más
que la pura y única verdad: Tengo más tos que nunca,
al pulmón le recojo, día sí y día también,
del suelo y le tengo que volver a poner en su sitio. Me canso mucho,
pero mucho más que antes y estoy de un Dios (bueno esta vez
pondré de un Alá, pero de buen rollo) que no me aguanta
ni mi madre. Ella menos que nadie pero tampoco me pilla de sorpresa.
Porque una cuando deja de fumar es una enferma, ¡joder!, y esto
como que todo el mundo dice: Uuuuuh, a otro perro con ese hueso…
Y no hay nadie que lo quiera ver. Entonces es cuando somos verdaderamente
unas enfermas y no antes. Pero claro, la Seguridad Social se hace
la tonta. Aaaah, ésta que se compre los parches, los chicles
de nicotina o un consolador… Que tiene un enfisema: la atendemos.
Que le entra la angustia y se convierte en una loca de atar o en una
auténtica maquinaria de matar… ¡Que se joda! Y
se coma dos chicles en vez de uno.
Pos vale. Pero he de decir de que servidora, viendo las imágenes
de la agresión a Bono por la tele, (Alonso, desde aquí
te lo digo: las he visto por televisión. Yo no estaba allí,
eran otros. Puede que cada día me parezca más a Isabel
Tocino, como dice mi madre, pero te juro que para nada), viendo las
imágenes, decía, se me iban unas y se me venían
otras, que de haber estado en el sarao no las tengo todas conmigo
de no haberle soltado al ministro una andanada de hostias en el occipital.
Que lo de Ruiz Mateos comparado con lo mío, se hubiera quedado
en una riña de patio de colegio. Y eso que los colegios están
hoy de chupa pan y moja. No digo más, y la que avisa no es
traidora. Que mis condiciones son pésimas. Porque, insisto,
una se pone mala de la muerte cuando deja de fumar. La nicotina te
envenena la sangre, no lo dudo, pero la falta de ella te la pudre,
joder… Pues esto, que es tan verdad como que el condón
evita el contagio del sida, no lo quiere ver ni Cristo bendito. Claro
que, bien mirado, que no lo viera este tampoco tendría nada
de particular dado que sus discípulos tampoco quieren ver los
beneficios que ofrece, para la salud de la humanidad, el tan traído
y llevado capuchón. Y claro, luego pasa lo que pasa. Y lo que
pasa es que las ovejas huyen en desbandada, para que no les pase como
en el refrán, cuando se reúnen los pastores.
Ya sé que habrá quien piense (mi señorito entre
ellos) que me arrasa la ola de laicismo que asola las vocaciones,
cierra los seminarios y vacía los confesionarios, pero que
alguien me diga si me falta razón. El día uno de enero
también me hice otra promesa (yo es que soy laica, roja y vieja,
pero más devota que el copón) que para nada he cumplido
y mucho me temo que terminaré el año sin que se cumpla.
Me dije: Aurora, este año te toca ser buena. Ya sabes: es impar,
contundente -dos mil cinco- (voy a obviar lo de la rima), es como
redondo del todo, propicio para el cambio... Sé buena. No te
cuesta nada. Sé positiva. Es fácil…
Pues qué quieren que les diga, pero por más que le pongo
interés, ni queriendo… Vamos que no. Que no se trata
de ser mala. Que se trata de tener ojos en la cara y ver lo que se
ve. Y lo que se ve, se cuenta. Nada más. Punto pelota. ¿Que
no gusta? Ah, se siente… Pero si la programación del
Teatro Juan Bravo para los meses de enero y febrero me parece la mayor
mierda jamás contada, yo voy y lo digo. Que es más antigua
y de menos actualidad que un yogur caducado, pues no me lo voy a callar.
Que en el presente año sigo pensando que lo mejor que se podría
hacer con la Fundición Juan de Borbón es cerrarla…
Lo constato, lo mantengo y sino que me demuestren lo contrario.
Que cada día me caen peor los aires de señorito andaluz
que está adoptando el tanguero de mi Cacahuetes… Pues
no piensen que no lo voy a repetir una y mil veces si él se
empecina en no demostrar lo contrario. Que los munícipes peperos
están más diluidos que la tos de una tísica es
algo que no es necesario acudir al Hubble para verlo y, por tanto,
yo lo seguiré proclamando. Y qué decir de esa matrimunión
de hecho que ha hecho la insignificante, extinguida y etérea
Izquierda Unida. ¿Ustedes saben a qué dedican, como
en la canción, el tiempo libre el concejal Álvarez (Paco)
o la glamourosa Conchita Pita y Pita Gol…? Ay si no fuera por
mi Pepe Llorente que nos está dejando los suelos de la ciudad
como los cuartos de baño de la Preysler… Total, que dicho
lo dicho, como que no me echen en cuenta. Que servidora antes se metía
entre pechos y espalda cinco cigarros mientras escribía estas
tonterías, y ahora me estoy comiendo una zanahoria. Y así,
qué quieren que les diga, como que no hay color.
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