Reconozco
que yo soy uno de los que más se molesta cuando nota que, en
lugares públicos, alguien pega la oreja tratando de chafardear
una conversación ajena. Siento una virulencia que arranca en
los dedos de los pies e invade todo mi cuerpo… Eso no me
impidió el otro día -me sonrojo al confesarlo- participar
de manera furtiva en un diálogo a tres que aconteció
en una mesa cercana a la mía. Les ubico. Compré el periódico
y aprovechando este octubre de cambio climático me senté
al calor de una caña y el entretenimiento de unas aceitunas,
emperifollado con clavel en la solapa y pretendido ademán de
dandy. Acababa de desplegar el periódico, temo que también
el oído, cuando comencé a percibir tres voces a mi espalda.
Una mantenía el hilo del palique mientras las otras acotaban,
interrogaban o, simplemente, interrumpían. Eran voces jóvenes,
poco más allá de la veintena y pido perdón por
no desgranar su apariencia en estas líneas, porque allí,
como un truhán en su guarida, permanecí callado, escuchando,
a sabiendas que mientras no bajase el velo recién salido de
rotativas, no sería descubierto. “Yo nací en mi
casa”, comentó gozoso el más parlanchín,
“sé que es difícil de creer, pero allí
mismo, en casa de mis padres, con matrona y esas cosas, nací
yo”. Pausa, exclamaciones de incredulidad y un cómo cambian
los tiempos que cruzó fugazmente mis pensamientos. “Imaginaos”-prosiguió-,
“mi madre allí plantada, y de golpe, ¡pum! que
empieza la cosa. En aquel momento, estaba en casa el técnico
de la lavadora.”
Pausa brusca e inmediatas preguntas de los otros dos sobre qué
paso. “Pues nada, que el técnico aguantó allí,
como un valiente, imaginaos su cara… Mi madre demasiado preocupada
con el hecho de estar de parto y el otro pobre tratando de encontrarse
y de llamar a un hospital”. Justo en ese instante pude oír
como pedían la cuenta y tras un tintineo y un par de chanzas,
se marcharon calle abajo. Me sentí reconfortado y celoso por
aquella historia tan mundana y al mismo tiempo tan épica…
Siempre deseé haber nacido en una situación rocambolesca.
Parece que, cuando uno empieza su ciclo vital en una situación
especial, está marcado, es un señalado, no sé
por qué ni por quién. Mantengo fresco el recuerdo de
todos aquellos amigos o conocidos que nacieron en una situación
más o menos extraña… en un taxi, en pleno mercado
o incluso en casa, con todo el exotismo que eso, antes tan normal,
conlleva ahora. Siempre quise haber llegado al mundo por sorpresa,
ante la incredulidad de los presentes y con los tintes heroicos que
eso conlleva para madre, hijo y presentes-auxiliares improvisados
de parto. ¿Por qué? Piénsenlo bien… Caminen
por cualquier ciudad y observen esas placas que nos descubren que
tal o cual ilustre vecino nació bajo ese techo… ¿qué
haremos a partir de ahora? ¿Ponerlas en los hospitales? Pero
no es ese el único motivo… Todos necesitamos ser tan
especiales, sentirnos tan distintos que… qué diablos,
por qué no hacerlo bien desde el principio…
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