Como lo pienso lo escribo: Nuestra sociedad cada día está más estupidizada, más idiotizada y, por supuesto, más alienada, que no viene de alien como alguno pensará, pero que también.
Llevamos..., ¿cuánto?, ¿dos semanas?, casi tres de mundial y tengo la sensación, por el hartazgo, de que llevamos metidos, si es que alguna vez hemos salido, en el mogollón de la cosa de las pelotas desde que los romanos inventaron el Harpastum, que como todo el mundo sabe es el antecedente del fútbol moderno.
Ustedes dirán: “Vale, ya está aquí la Aurora tocando las bolas. Ya está aquí la frígida esta que no se calienta ni poniéndola en la parrilla como a San Lorenzo, cosa que a más de uno ya le gustaría que ocurriera. No digas que no Julito…
Pueden decir ustedes lo que les venga en gana y más, que para eso vivimos en una sociedad democrática donde existe, presuntamente, la libertad de expresión, y si no que se lo pregunten a Jiménez Losantos y a una servidora misma, ( no caigan en la tentación de confundirme o compararme con el antedicho, nada más lejos). Ustedes pueden cagarse en todos mis muertos, escupir sobre mi tumba y hasta medrar con las altas instancias para que no me den en la puta vida el Mata Hombres de Oro, -al que tengo derecho como la que más- porque yo, desde aquí, me cisqué en todo lo referente a ese estúpido juego en el que veintitantos tíos corren tras un balón en un rectángulo verde cuyo coste de mantenimiento, de un solo día, equivaldría a darle agua a una ciudad entera de cualquiera de los países esos que hemos dado en llamar del tercer mundo.
Tercer mundo, ¿se fijan? Por qué será que a lo que no nos gusta, despreciamos o no consideramos le aplicamos la categoría de tercero.
Yo nunca he sido la primera de la clase. Ni la segunda. Yo siempre he sido de la tercera para atrás. “Aurora, -me decía a diario sor Ángeles, usted, por mucho que se empeñe, siempre será de las del vagón de cola” Ella siempre como mi madre: venga de cimentar mi autoestima. Mala hora la dé su Dios el día que se acuerde de la monja.
Decía que solemos dar la posición de tercero a lo que no nos gusta: tercera edad, con todo lo que conlleva; tercer amor, utilizando una frase tan poco acertada como hipócrita; fue la tercera, (no ya la segunda y mucho menos la primera); a la de tres va la vencida, osséa (Teresa Sanz dixit) que ni a la primera ni a la segunda, y con un poco de suerte a la tercera; ¿el tercero...? Y la siguiente pregunta es: ¿en una noche? Vamos, anda ya.
Ya digo que como tengo muy interiorizado lo de la posición de mi vida, por razones obvias, estoy como muy concienciada contra la injusticia y la desigualdad. De ahí que me afecte, como lo hace, la cosa del surtidor derrochando agua de este nuestro primer mundo, para que cuatro mangantes, con la cuenta corriente forrada, eleven, a patadas, los bajos instintos (geográficamente hablando) de una sociedad aborregada.
Pan y fútbol, ¿o era circo? Así rezaba antiguamente un dicho que a mi parecer no ha perdido vigencia en la actualidad. A las sociedades hay que tenerlas entretenidas. Cuanto más mambo se las da, menos pierden el tiempo en pensar. No hay nada más peligroso y menos cómodo que una sociedad que piensa. Por tanto: Pan, fútbol y a callar.
Quien dice pan dice birra de cerveza –mi Jose dixit-, patatas fritas, pizza, ponerse hasta el culo, ser eficientemente estúpido. Quien dice fútbol dice gavilanes, supervivientes, hermanos varios, operaciones triunfos (los de otros); dice corazones, tomates, tómbolas, enajenarse mentalmente o telediarios sesgados, que viene a ser lo mismo.
Si antes del Mundial se follaba poco (Durex dixit, no yo) ahora es que ni piensan en ello. Claro que a mí me da igual que haya mundial que no le haya, porque a este paso me va a volver a crecer el himen, no les digo más...
Porque a poco que ustedes comparen los tiempos en los que no había televisión con los actuales, podrán darse cuenta de cómo ha cambiado el concepto de entidad familiar. Que es que antes se tenía más claro: las gallinas cuidadas, las vacas ordeñadas y el ganado cerrado... qué cojones pintamos aquí, tira pa’ lante Mari, que nos vamos a poner a gusto. Y además es gratis... Y no me digan que no era un diario tan rico.
Sí ya sé que dicho así suena un poco bestia, pero coño es que ahora follamos menos que Dios que, por cierto, tuvo uno sólo y mira tú la que preparó. Oigan, ahora que lo estoy escribiendo como que nunca me había dado por pensarlo; pero tanto que se le llena la muí a la iglesia católica con la cosa de que follemos para procrear (ya sé que a ellos les queda más fino) y el que tenía que haber dado ejemplo va y se queda con uno sólo. No es por utilizar el nombre de Él en vano, pero ¿utilizaba la marcha atrás, el método Ogino, la temperatura basal, o como era Dios mismo, y por tanto más listo y más adelantado que nadie, dispondría ya en esa época del DIU y la píldora contraceptiva? No sé, no sé, mejor me callo, no vaya yo a iniciar un cisma, a estas alturas, por un quítame allá esas pajas, con perdón.
Circo versus fútbol. Fútbol versus circo. ¡Qué guay! La televisión, como ese Gran Hermano orweliano que nos controla y pastorea por la conciencia y el intelecto colectivo, no es otra cosa, al final, que la rotación de la voluntad humana en torno a un esférico que, como moderna esfera armilar, mide la distancia entre los polos de la sinrazón. Pues d’abuty, troncos.
Si antes se follaba poco, eso nos han dicho siempre los expertos, ni les cuento en este mes de autismo catódico. Ellos, y cada vez más nosotras, están como soldados al sofá. No hay más mundo que el que separa a éste del televisor, ni más actividad que la que genera el gesto mecánico de apretar la tecla del volumen del mando a distancia. Y ve tú a decirle al Pepe de turno que tire pa’lante y que vamos a alegrarnos el cuerpo.
Lo menos que puedes esperar es que, momentáneamente, aparte los ojos del aparato y mirándote como si tuviera delante a una extraterrestre te suelte: “Ninfómana, que eso es lo que eres. ¿Pero es que no ves que vamos perdiendo uno cero...? Que digo yo que nunca he entendido, ni entenderé, eso de que “vamos perdiendo”. Que vas y le miras esa barriga que le sale por debajo de la camiseta de la selección, comprada en el mercado de los jueves, despanzurrado en el sillón y rascándose los huevos, y tienes que tener la imaginación de una premio nobel para imaginártele sacando de banda. “Vamos perdiendo” dice el muy hipopótamo...
Chari me decía el otro día que está preparando una caravana de mujeres con destino a Berlín. ¿A Alemania? Antes muerta que inmersa -la dije yo horrorizada-.
Lo que tú digas, bonita, pero una amiga mía, ya sabes, la que nos vende la ropa a mí y a la estupenda de Vértigo, ha estado cuatro días en la capital alemana y ha venido que no la chirría una bisagra de la cintura para abajo. Que según cuenta, el furor futbolístico es directamente proporcional al volumen de la cartera y de la bragueta. Así que tú misma.
La miro y no doy crédito. Ahora, que mañana me renuevo el carnet que le tengo caducado. Por cierto, ya me puedo abreviar porque entre que el Universo se para durante un mes por culpa del balompié, que agosto es inhábil, ossséa que ya no es que no se pegue palo al agua, es que ni siquiera se va al curro, servidora no rasca ni bola. Y ya puesta, al balón que le den, pero que estos no le den al balón, que tampoco me extrañaría. Porque la estupidez insiste siempre, y no lo digo yo que era Camus quien lo decía.