El Padrino

EL QUINTO ASALTO
Voces de ultratumba

         Desde pequeño han llamado mi atención, no exenta de un supersticioso respeto, las historias de seres que retornan de la otra vida. No sé muy bien cómo encajar a esos fantasmas que pueblan la imaginación popular, casi siempre incomodados por un descanso que no es tal. Supongo que esta herencia del romanticismo alivia la carga de una vida demasiado real, demasiado física. Más allá de comer, dormir, defecar y copular… en cualquier lugar de este mundo, hay un hueco para lo desconocido y -lo que no deja de ser destacable- para la prueba fehaciente de que hay vida después de esta vida o esta muerte. Así, que ¿qué hay más común que un castillo o caserón con fantasma? Esas almas en pena que vagan lamentando sus vidas abyectas o su tarea inacabada nos dejan una sensación equidistante entre el temor irracional y el interés del más curioso de los gatos.


       Reconozco haber ojeado con credulidad fotos que recogen supuestas apariciones. Imágenes casi veladas, con un halo blanco o un ser con hábito de monje semitransparente. Siempre, en contra del tono bravucón que uno esboza irreprimido, me han hecho sentir un centelleo frío que recorría mi columna. Mucho más nítida, sin embargo, era otra fotografía que aderezaba una crónica periodística que ojee anteayer. En aquel pequeño recuadro flanqueado por letras se veía a un hombrecillo, delgado, de rostro demacrado, esposado y conducido por dos policías. No recuerdo el lugar en que se captó, sólo que aquel tipo había dedicado largos años de su vida a escabullirse entre los dedos de la ley para perpetrar crímenes horribles. Pasé mis ojos una y otra vez por aquella imagen, tan nítida, sin un ápice de misterio, sólo aquel ser, insignificante y vulnerable. Ni tan siquiera al ubicar la imagen con el texto circundante sentí sensación alguna cercana al escalofrío. En aquel momento vino a mi memoria un momento de mi infancia… Andaba yo cerca de un cementerio con mi madre, -no me pidan más datos, ni fechas, ni descripción… mi nublado recuerdo sólo me brinda un esbozo- cuando manifesté el temor que me producían los campos santos. Mi madre, sin girar la cara, manteniendo la mirada firme de los que saben a dónde caminan me respondió: “¿Por qué? De quien debes tener miedo es de los vivos, no de los muertos, esos ya no hacen daño a nadie”.


         Aquel consuelo fácil para el miedo de un niño se convirtió en ‘el dicho popular y convencional’ ante mi juventud. Pero hoy, con las murallas de este viejo castillo acosadas por miles de asaltantes, recuerdo aquellas palabras con cariño. Y más allá de esas sensaciones las acepto como un rotundo despertar a la crudeza de la realidad.


         La vida no es una película espectacular. Las peores tragedias pasan con naturalidad, sin concesiones a la galería del tipo explosión multicolor o grandes fanfarrias. Y los monstruos más terribles no salen de las sombras, son tipos oscuros por dentro pero suficientemente grises por fuera como para pasar inadvertidos.