No
se lo van a creer, pero inicio el articulo de este mes con la Constitución
Española y Código Penal a mi diestra, una foto de Su
Santidad a mi siniestra (no hay intenciones aviesas) y el boleto de
la Primitiva sobre la foto del santo en ciernes, aunque dicho sea
de paso, parece que pierde fuelle el santo subito que se coreó
en la Plaza del Pescador y aledaños en los primeros momentos
de la defunción. Lo divino, lo humano y lo terrenal en un totus
revolutum al que a medida que vaya escribiendo veré como le
pongo orden.
Tengo
que decirles, para empezar, que el otro día mandé un
emilio a mi señorito encargado de velar por el buen nombre
de esta publicación: “Sr. Sánchez - le decía-
que si puedo hablar en esta mi entrega (Lo que tiene ser la fan número
uno del “Aquí no hay quien viva”) de don Karol
Wojtyla…”
Mi señorito censor, y entiéndase que uno es algo cuando
ejerce de ello y no digo yo que este sea el caso, me remitió
una contestación con contundente celeridad. El texto, lacónico
de cagarse, rezaba (nunca mejor dicho) asín: “Si escribe
usted sobre la religión hágalo con la Constitución
en una mano y el Código Penal en la otra”. Tuve que recoger
los ojos de encima de la mesa, o sea que se me salieron de las cuencas
al leer lo escrito, y el belfo inferior, reposando sobre las tetas,
dejó escapar un hilillo de baba tonta que corría sobre
mi falda de Jocomomola poniéndomela hecha unos zorros.
¡Con la Carta Magna y el Código Penal sobre el regazo!
Joder cómo están las cosas… Contra el dogma del
Campeador Jiménez (¡Losantos y cierra España!)
has topado nena… Pensé. Pero sea. ¿Con la Ley
por delante? Pues al frente, y abierta por los capítulos catorce,
dieciséis y veintisiete.
No pretende esta humilde sierva de la gleba, que lo más parecido
al terrón que conoce es el de azúcaaaaaaaaar (Celia
Cruz dixit), ser irreverente, irrespetuosa, ni tan siquiera cínica.
No pretendo, quede claro, mear fuera del tiesto, echar las patas por
alto y ser la más vitriólica del condado. No. Únicamente
voy a dar aquí, haciendo gala de la libertad de expresión
que mis directores me han brindado en todo momento, incluido aquel
en el que Fernando Ortiz quiso callarme la boca, voy a dar aquí,
digo, la opinión de alguien que no pace en las praderas catódicas,
ni se alimenta del encantado-de-haberse-conocido de los diarios escritos
y las emisoras de radio. De alguien que no comparte el interés
general por las hagiografías estomagantes, ni del póstumo
homenaje de rodilla en tierra. ¿Se puede, no? Pues eso.
No me siento con ningún mérito para poderme comparar
al personaje de Angela Carballino en la más que solvente novela
corta de don Miguel de Unamuno. Pero a más de uno -incluida
mi Pepita- de los que, seguramente llenos de devoción y fe,
han realizado el particular vía crucis que iba desde la Plaza
de Pedro hasta el catafalco del Papa, no les vendría mal leer,
o quien sabe si releer, el espléndido texto en el que aparece
la citada y que lleva por titulo “San Manuel Bueno, mártir”.
En el que el autor reflexiona sobre el llamativo modo de aferrarse
al cuerpo sin alma de un hombre que debería estar deseando
reunirse con su dios. He de decir que las imágenes dolientes
de este ser humano, en el trance de abandonarse y de tener que continuar
por no se sabe qué motivos, que las televisiones de todo el
mundo nos han ofrecido estos días, se funden y confunden en
mi memoria con la serie de cuadros que Bacon nos legó bajo
el nombre de “Los Papas aullante”.
Una ventana, como marco suspendido en una pared a la que todos mirábamos
en algún momento, ha servido para enseñar a la humanidad
el cuadro más sombrío de un rey que, al fin y a la postre,
sí tiene un reino que es de lo más parecido a los de
este mundo, y donde pájaros de dudoso agüero revolotean
desde hace días sobre los restos embalsamados del atleta de
Dios. Y que éste le tenga donde se merezca… Que yo soy
más del Hola que de L’Osservatore Romano no hace falta
que lo recuerde aquí, que ya lo saben ustedes. Así que
no vean el trasiego que me he tenido estos días. Que me he
llevado las horas como la de la canción: gastando las losas
del puente de tanto cruzarle en busca de las revistas. La nómina
del mes en papel couché que me tengo gastada. Eso sí,
las tengo todas.
Debo decir que cuando falleció Arafat sentí un repeluco
en la sien al comprobar que coincidía con el primero de mi
quiniela. “Aurora, si es que tú tienes gafe…”.
Esto, que es algo que mi santa me ha venido diciendo a lo largo de
los años y yo no le he concedido ninguna importancia, empieza
a inquietarme algo más de lo razonable con lo que va aconteciendo.
Cuando don Karol ascendió a los cielos, yo me persigné
al tiempo que me echaba medio salero de sal por la espalda. Era el
segundo de mi lista. Pero coño, ya con Rainiero es que me siento
como si fuera la mismísima mujer de Nostradamus. Que estoy
por sumergir la lista en agua bendita, no les digo más…
Ahora, que si el siguiente que las palma es Fidel (y tiene todas las
papeletas) y a este le sigue el etílico y comatoso marido de
Carolina es como para que me retire a un monasterio tibetano. Jurado
lo dejo.
¿A ustedes no les pasa…? Yo es que me dejo cien gramos
de choped una noche entera fuera del frigorífico, y me lo encuentro
a la mañana siguiente con una gusanera de echarse a correr.
Bueno, pues díganme ustedes cómo es que el de Mónaco
y Su Santidad se han llevado más de una semana de cuerpo presente
y lucían como recién salidos de la ducha. Del de Hannover
no me extraña porque se mantiene en alcohol. Chari dice que
es cosa de los milagros. Pos vale, va a ser que sí. Hablando
de milagros, como lo siento lo digo Loranca: si el Pastor polaco intercede
por mí y acierto esta semana los números de la Primitiva
(mi boleto sigue sobre la foto del Santo Varón) le compro yo
a la Pochi (Fuencisla para los creyentes) una colección de
mantos que la Imelda Marcos a su lado estaría en bragas (o
ésta eran zapatos lo que coleccionaba…).
Porque qué quieren que les diga, pero es que desde que bajé
con mi madre y mi hija el otro día a ver los derrumbes sobre
el santuario, como que se me ha abierto una grieta en el alma. Y que
conste que no es por colaborar con la santa madre iglesia, que ya
se basta ella sola, y muy requetebién, con la cosa del marketing,
pero mi Pepita insistía en que sobre el cortado limpio que
había dejado el descolgamiento del farallón se veía
con claridad los rasgos faciales del nuevo Apóstol del Señor
en la Tierra. Pepita, le insistimos una y otra vez, anda hija, dinos
el nombre. Pero ella, en plan pastora de Fátima víctima
de un rapto místico, lleva varios días que sólo
musita entre dientes: “Él vino de un puerto, de nombre
extranjeroooooo”. Yo, es que estoy en un sinvivir. Y a la vista
de tanto acontecimiento y tanto sobresalto (Fernando Sanjosé,
¿cómo se te ha quedado el cuerpo?) digo lo mismo que
el inefable Groucho Marx: “Perdonen que no me levante”.
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