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Aurora Limón

LA ÚLTIMA DE PÁGINAS
El Síndrome de El Platanito

         ¿Ustedes saben lo que es el Síndrome de El Platanito? ¿Qué no lo saben? Pues ya se lo cuento yo en dos patadas, con perdón.

Que un día es esa cosa con veinticuatro horas, es algo que todo el mundo sabe. Bueno, pues servidora como que no se ha dado cuenta aún, a sus taitantos. (Por cierto, avalancha de correos sigo teniendo desde que declaré mi edad) Eso sí, los hay para todos los gustos (y disgustos), pero hago referencia a uno que especialmente me ha llegado. Dice, literalmente, así: “ Mi querida Limón, aunque los dos números a los que haces referencia al citar tu edad estuvieran invertidos, seguiría pensando que me casaría contigo en el momento que tú me lo pidieras” No me digan que no es como para llevártele a casa y ponerle en lo alto del televisor...

Por cierto, que el gachó tiene veinticuatro años y a la vista de lo que se aprecia en la foto que me adjunta, no tendría el más mínimo inconveniente en convertirme en la señora Robinson. Pero a lo que iba. Que les decía yo que a mí como que las veinticuatro horas del día no me dan de sí lo que deberían; hecho este que me lleva a ir siempre de culo con las cosas importantes (no lo duden, esta es una de mis cosas importantes), y si a servidora la hubiera premiado el Señor con habilidades para ejercitar el arte de cúchares, a estas alturas tendría más puntás que el peto del caballo de un picador.

Mi Sánchez señorito me acosa, vía nuevas tecnologías, por última vez: “Aurora o me mandas algo o Azulejos Tabanera a toda plana...” Es para lo que sirve esto de los adelantos; que nos tienen pillás por los ovarios en todo momento. Porque hace cuatro días, como aquel que dice, tú plegabas (Carot dixit) a las tres de la tarde y que te echaran un galgo hasta el día siguiente. Ahora no, ahora nunca pliegas. Sea la hora que sea, siempre hay un gadchet infernal que te recuerda que sigues en línea, que la sombra del vínculo de la productividad feroz es tan alargada como la de los cipreses de Gironella. Todo esto que he dicho hasta ahora, para decirles algo tan sencillo como que voy como una moto porque oigo el rugir de la rotativa.

Por cierto, y con todos los respeto a la firma comercial aludida anteriormente, pero que sepa mi Sánchez señorito, que a la Limón no la ningunea ni la madre que la parió (bueno, a qué engañarnos, esta sí). ¿Les he dicho alguna vez que el día de mi nacimiento mi santa quería quedarse con la placenta en lugar de conmigo? Desde ahí, aunque imaginen cualquier cosa de mi relación materno filial no habrá nada que les pueda extrañar.

No lo puedo evitar, y aunque sé desde hace mucho tiempo que mi complejo de Electra me puede, siempre consigue llevarme la burra al trigo y hablar de cosas que me debería guardar para mí sola, y más teniendo el peso de dos ojos tras mi espalda que leen en tiempo real lo que voy escribiendo (ya saben de la costumbre de mi madre).
Me han llegado rumores, bueno para qué andarme con circunloquios, me ha llegado un emilio en el que se me pone en conocimiento del ruido de tacones en el despacho de un conocido abogado segoviano. Sea que servidora siempre va a respetar la decisión de todo ser humano de defender el derecho a su intimidad. No faltaría más. Sea que servidora será la primera en respetar ese derecho. No faltaría menos. Ahora, desde aquí te lo digo querida, las verdades del barquero son sólo una y sabes perfectamente que me asiste razones más que sobradas para decir lo que he dicho. No es mi estilo, lo voy a hacer como una excepción, comentar desde esta tribuna algo que afecta a mi persona. Pero arrieritos somos, y lo malo que tiene el ser una mujer pública (en el mejor sentido) es que el foco de atención que recae sobre esa pública mujer es siempre más insistente que el que se dirige al resto de los mortales y esto, que para unas cosas es bueno, para otras, desgraciadamente, no lo es tanto y como les pasa a las artistas de los cabarets cutres, se les ven más, no los agujeros de las medias de rejillas, si no los jirones que estas tienen, y a ti, de esos, te sobran un taco.
No sé si te ha quedado claro, querida amiga, pero si no lo tienes, mi correo electrónico queda a tu disposición para ampliar la información.
No sé por qué, pero me estoy encontrando últimamente conque aquellos que alardean de flexibles, permeables y abanderados de las libertades (la de expresión incluida) son, a la postre, los más recalcitrantes extorsionadores de la Libertad. Y, miren qué casualidad, suelen ser más virulentos atacándola cuanto más se habla de sus propios libertinajes. Como ya tengo experiencia en lo que se refiere a quererme tapar la boca, mi Pernales Ortiz y algún acólito suyo saben bien de qué estoy hablando -y con esto doy por zanjado el tema-, sólo me queda por decirte, amor, que adelante con los faroles. Porque igual el que ríe el último, ríe mejor. Ya sé yo que otros, por menos, hacen una guerra santa. ¿Vas a ser tú menos?

Juro por la que tengo pegada a mi espalda y que no para de clavarme el codo en la chepa por escribir “como una perra rabiosa” (mi madre dixit), que esta es y será la única vez que entre al trapo de una muleta con tan poco atractivo, y pido disculpas a los lectores por haberlo hecho, pero pienso que tenemos ya unos años (siento recordártelos, pero no están los tuyos muy lejos de los míos) con los que no deberíamos permitirnos jugar a las veletas. Lo malo de serlo (veleta) a nuestra edad, es que despistamos al personal. Si sopla el aire del Este, toca ir de roja en los círculos guachis. Si es del Oeste de donde sopla, ejercemos de Torquemada en cuanto los monjes se nos sublevan. Y es que a la peña, tía, le hacemos la picha un lío. ¿No te das cuenta...?

Que sepas que todo esto que te he dicho es por haber dejado de ser fumadora pasiva. Yo antes no era así. Para nada. Yo antes de dejar de ser fumadora pasiva era otra cosa. Más alegre. Menos avinagrada. Pero qué quieres que te cuente, ha sido quitarme el vicio gratis y como una hiena. Vamos, que hay veces que ni me reconozco, no te digo más... Estoy que me desovario, de verdad se lo digo. Premio Juan de Borbón. Ya no saben qué hacer algunos para seguir chupando del bote sin pegarle palo al agua. Cacahuetes, por tus muertos (Dios los tenga en la gloria), cierra de una puta vez esa galería de dar el cante. Cercena esas puertas, ten un arranque torero y dale matarile a ese sobrero tan pesado de faenar.

Siento estrellarse en el suelo el agua que se descuelga desde el alero de mi tejado. Miro por mi ventana y disparo mi cámara de cinco punto cero megapilsenes. Cuarenta segundos más tarde la impresora que está sobre mi mesa deja sobre su bandeja de salida una postal de Torrecaballeros perdido en una Navidad sin dueño. Suena el teléfono, un sonido que sale de los altavoces de mi ordenador me dice que tengo un nuevo mensaje. No sé si coger el teléfono o abrir el correo. Contesto al primero. Sé que en el segundo el mensaje rezará más o menos: ¡¡Aurora, por tus muertos...!! Lo que les decía: El Síndrome de El Platanito. auroralimon@eresmas.com

 


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