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Aurora Limón

         Estoy jodida, en el peor sentido de la palabra, casi sin aliento y con la moral por los suelos. Qué quieren que les diga; la vida no es todos los días de color de rosa y yo llevo una racha que tengo el morado como bandera. Las mujeres cuando tenemos una cierta edad, ya lo tengo dicho yo aquí, no es que seamos invisibles, es que no existimos. Somos cuerpos celestes que flotan en el espacio salvando asteroides que nos amenazan a cada momento.
Los hombres a los cincuenta y ocho años tienen barriga, michelines, por lo general están casi todos calvos, se mean fuera de la taza del water, -bueno, esto lo hacen aunque tengan diecisiete-, gruñen más que un marrano extremeño, se rascan los huevos sin ningún recato así estén solos o en compañía, y se les caen los pedos con una alegría fallera que da gusto escucharlos.

Ahora, vete pedorreando tú por el pasillo, porque tengas, digamos, que un mal día o que te dé el retortijón inoportuno. Lo menos que puedes esperar del pariente, si te oye, es algo similar a lo que sigue: "¡Joder, que tía más guarra! Cada día te pareces más a tu madre". Que digo yo que cuando habrán escuchado ellos tirarse pedos a nuestras madres.
A ellos no, a ellos, si se tiran un pedo, porque ellos se los tiran, no se les caen, hay que jalearles: "¡Ole mi niño, qué arte tienes, condenado! Y por lo general se sueltan un último como de bis. "Toma cariño que más vale perder un amigo que no una tripa..." Y va una y se acuerda de todos sus muertos aunque se las tenga que morder para sus adentros. Quéjate un día. De cualquier cosa, de lo que sea. Dile al pariente que no sabes qué es lo que te pasa, pero que no te encuentras muy católica del todo.

¡Hasta en la hora! Le aparecen a él, como por arte de magia, todos los dolores que la anatomía humana pueda soportar. A ti se te ocurre decir: "No sé, mi amor, pero llevo dos días con un dolor aquí, en el pecho, que me tiene tirada como para adelante..." Respuesta usual: "Anda no me jodas, Toñi, (por poner un nombre) lo que tienes es que te cuelgan las tetas más que a la Cayetana esa de la televisión... Que cualquier día te las vas a ir dando con las rodillas al andar..." Y se parten el culo con su propia gracia, y te entran unas ganas de plantarle la de planchar en todo el careto de imbécil, que si no lo haces es por no aguantarle más tarde quejándose. Porque que no les duela a ellos algo, por nimio que sea. Un padrastro en su dedazo y lo del equipo médico habitual del funesto dictador no es nada para la que hay que montar.

Empiezan por poner cara de acelga, a la que le siguen suspiros más o menos profundos y sonoros, que van dejando caer a nada que te acercas a menos de tres metros de donde yacen, lánguidos como dama de las camelias. Tú como que no te das por enterada.
Si te mantienes durante un buen rato en la posición "Que-aire-hace-no-se-escucha-nada", vas notando cómo se va cargando y enrareciendo el ambiente. Y mientras siguen los suspiros cada vez más hondos y lastimeros, tú, sorda perdida. Si estás haciendo la comida, los cabrones, que en la vida entran en la cocina como no sea para darle un tiento al estante del frigorífico donde almacenan sus cervezas, ese día no se despegan de la encimera: "Que digo Toñi...(por poner un nombre) Que qué te parece si... Que igual no estaría de más que me hiciera mirar esto... Eso sí, con cada frase un gruñido.

Tú, que para ese entonces ya tienes todas las cotas de aguante superadas, empiezas a cortar zanahorias como si fueras la mismísima Lorena Bowitt y explotas en plan pescadera de la Boquería blandiendo el cuchillo en el aire: "¿Pero se puede saber, qué cojones te pasa desgraciado...? Él solo acierta a decir: "Pero chica, ¿ tú has visto cómo tengo el dedo?" Y por más que te empeñas, no aciertas a ver más que un manojo de pollas mal traídas. Acabo de cumplir cincuenta y ocho años. Ya lo he dicho. Y me doy cuenta, no ahora, ya lo sabía, de que mi vida discurre paralela a la raya plana de un encefalograma idem. Me doy cuenta ahora, ya lo sabía hace tiempo, de que los sueños que albergaba en mis años madrileños, se desvelaron un día junto al Manzanares y lo que ha habido a continuación han sido muchas pesadillas y algún duermevela.

Un matrimonio del que lo único bueno que puedo decir es Jose y Pepita. Dos hijos que vuelan a su aire y únicamente toman tierra para repostar en casa de su madre cuando necesitan combustible. Una madre que hace de hija de una hija que se plantea, a cada momento, si ha sabido ser una buena madre. Acabo de cumplir cincuenta y ocho años. Ya lo he dicho. Yo quería haber sido artista como mi adorada Concha Velasco y tan deseada como Lyz Taylor. Siempre me imaginé siendo la novia de Richard Burton y, mátame camión, consumo mis días pegada a la pantalla del ordenador a la espera de que uno de mis ciber novios me mande un e-mail que me remueva los bajos.

Siempre he querido ser abogada en ejercicio, y mírenme, en La Junta, tramitando estúpidos expedientes que me la traen al fresco y no me hacen si no confirmar mi anodina vida de provincias. El que dijo aquello de que "Dios escribe, a veces, con renglones torcidos" debería, a mi parecer, machacársela con un martillo pilón, por poner un ejemplo. Porque si la vida es el reflejo del alma, cojones, Machín y una servidora hermanos. Sé que con esto último que voy a escribir, mis señoritos pondrán el grito en el cielo porque me tienen advertida de que Páginas de Segovia no es una revista de contactos, pero para lo que me pagan, que se jodan, y se aguanten.

Mi Jose está en paro porque el muy perro ha dejado de estudiar (las desgracias nunca viene solas). Yo ya le he dicho que se suba al Acueducto en vez de ir al INEM (por cierto, qué bonita oportunidad ha perdido la Dirección Provincial de Trabajo de instalar allí arriba una oficina de colocación, vista la última experiencia. Segura estoy que tendrían más éxito que el que demuestran en la actualidad en sus locales habituales). Que se suba al Acueducto y pida para él. Me dice que si estoy loca, y yo le digo que es cuestión de tiempo. Y como éste apremia y el espacio se me queda en nada: ¡Señores empresarios, sean todo ojos y oídos! Espero sus ofertas en el correo electrónico que aparece abajo del todo y que en la mayoría de las ocasiones al redactor de la revista se le olvida poner.
Me he ido a mear en un interim, que ya estoy yo como mi adorada Concha con la cosa del acolchado en el papo, y mirándome en el espejo del cuarto de baño (retrete) no he podido por menos de decir lo que decía la otra: ¡Dios mío, qué he hecho yo para merecer esto!

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