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Aurora Limón

LA ÚLTIMA DE PÁGINAS
Que me quiten lo bailao
         Esta Nochebuena ceno en casa de la madre de mi ex. ¡Alegría! La santa del salvaje es eso, una santa. Yo siempre me he llevado muy bien con mi suegra. En mí no se cumple la regla de las nueras y las suegras. No tanto con el padre del sin nombre, ese es clavadito a su hijo, o viceversa: Un saborío. La santa me llamó el otro día: Aurora, que me gustaría que cenaras tú y los niños con nosotros, me dijo.Y yo, callada como una muerta. ¿En el nosotros está incluido el padre de mis hijos?, le pregunté. No, él cena en Oviedo con un apaño con el que anda últimamente. Pos vale, le dije, cuenta con nosotros y con Chari. No te preocupes cariño, donde comen siete, comen ocho. Un beso y hasta el veinticuatro.

Colgué el teléfono y volví a levantarle tres segundos más tarde para llamar a mi amiga. "Chari, -le dije-, que la cena de Navidad la hacemos en Alcobendas, en casa de la madre del salvaje". Pero nena, así, de sopetón, sin más preámbulos... Anda que me pones en unos aprietos... Pero sea, por mí no hay inconvenientes.

Es lo que tienen estos días. Todo el año jodiéndonos los unos a los otros, en el sentido menos libidinosos del verbo, y no sé lo que pasa, pero como que a mediados del mes de diciembre nos vemos envueltos en un rapto místico, que seríamos capaces de comulgar con hostias del tamaño de las obleas de Salamanca. Yo no soy una excepción, para nada. Yo, que soy más siesa a diario que una controladora de la ORA, que mira que son siesas, en estas fechas me pongo más esponjada que un bizcocho y me trago las hostias no ya de oblea, sino de puro mazapán de La Estepeña.

Lo malo que tiene de ablandarse en estos días es que mis hijos me sacan los tuétanos. Ellos son malos y ladinos como todos los hijos. Que nadie se lleve a engaño, porque los hijos son malos y ladinos. Todos, sin excepción. Las buenas, de verdad, somos las madres; que nos quitamos el pan de la boca para dárselo a ellos. Pero ellos, ellos no, ellos son como perros, sino te lo quitas tú de la boca ya se encargan de arrancártelo. Mi madre me dice: Niña, controla que andan las hienas al acecho y te veo muy relajá. La experiencia de haber tenido hijos es lo que le debe dar esta sabiduría, pienso yo. Pero no aprendo. Que no es que esté relajada, es que estoy mórbida perdida, y luego pasa lo que pasa. Y lo que pasa es que, para mí, la cuesta de enero es un ascenso al Himalaya por la vertiente más escarpada.

Para cuesta la que le espera al engominado Victor Aranda, a la sazón nuevo gerente del difunto Teatro Juan Bravo. Por cierto, ¿compartirá el bote de gomina con el ínclito señor Monsalve? Me late que sí. Doña Rogelia (esto es un guiño) debe de estar encantado con el muchacho. ¿Doña Rogelia...? Preguntó mi madre, que ya saben de su mala costumbre de ir leyendo a medida que aporreo el ordenador. Sí hija, el Presi de la Dipu. ¿Doña Rogelia...?- Insistió-. Ponle un pañuelo en la cabeza y verás, le dije. Y se desternillaba ella sola imaginando a la Mari Carmen moviéndole la cabeza a Javier Santamaría. Pero qué quieren que les diga, morbo sí tiene el muchacho con ese aire zarzuelero que se gasta. Casi tanto como inflado está su curriculum. Que a poco que lo analices, cuadra menos que las cuentas de Solves. Dicho queda don Hilarión. Y que sepas que Aurora se escribe con Z (De zorro, que no de vulpe).

Ya se lo tengo dicho yo a todos ustedes. Estas columnas no son, ni lo pretenden, el sustituto del terapeuta que no permite mi maltrecha economía. Para nada. Tan sólo en una ocasión me he permitido la licencia de utilizarlas como terapia, pero qué cojones, para lo que me pagan, voy a permitirme una segunda ocasión de ventear mis miserias, que no lo son en esta ocasión, en público.
Decía el maestro Dominguín, que lo mejor de tirarse a una tía buena (cerdo machista, se acababa de pasar por la piedra a la Gadner) era poder contárselo a los demás. Pues lo mismo me pasa a mí, sólo que servidora ha picado algo más bajo y en versión tío, no vayan a pensar que una va de bollo a estas alturas de la película. Debo de decir que debía estar pasando por una situación de extrema violencia familiar, porque mi hija me dijo un día, hace unos cuatro meses, viendo la situación: Mamá, tú lo que necesitas es un novio urgentemente. Vaya, hija, ¿y te das cuenta ahora después de ocho años? Vamos, que acabas de descubrir el Mediterráneo... ¿Por qué no lo intentas en Internet?-insistió-. Dicen que es fácil. Confieso que la miré con idéntica rabia que la pena que sentía por mí misma. Lo mantengo: Los hijos son unos perros que muerden la mano que les da de comer.

Pero le di vueltas en la cabeza al tema, y a pachas con Chari nos hicimos con una página de esas donde una se oferta como si fuera un jurel en la lonja. Nenas, (esto va dirigido sólo al público femenino) el ofertón de sofá es una nadería comparada con las ofertas de este mercado del sexo a discreción. El segundo día de estar colgada ya tenía a seis que pretendían mis carnes y barrunto que algo más. Chicas qué subidón. Ocho años de travesía del desierto y en un sólo día seis badajos sonando en mi puerta. ¡Esto sí que es Navidad! Pensé. Y encima, cada tres días te actualizan el catálogo con nuevas carnes. Tías, ni los de Carnoble...

El que haya tenido que hacer una tortilla de patata al primer ligue, y nada más; dando clases de francés a la hija del segundo, y nada más. Haya pintado las paredes con su nombre mi amor de la salita de estar de un tercero, y nada menos…, no quita para que a la cuarta, y donde todo comenzaba con el peor de los augurios, hayan acabado sonando todos los pífanos del Adviento, y el Orfeón Donostiarra hayan entonado, a moflete batiente, un Bolero de Ravel rítmico e irreverente, pero dulce y saludable que me hace encarar las fiestas con energías renovadas y en la creencia de que el mismísimo niño Dios ha obrado el milagro que tanto necesitaba.
Sé que mis señoritos me van a fusilar por airear estas cosas, tan poco confesables en unas páginas de tanto respeto, pero para lo que me pagan, insisto, que me quiten lo bailao.

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