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Aurora Limón

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¡Reina por un día!
         ¿Vacaciones? ¡Pa su puta madre! Me acabo de incorporar a mi lugar de descanso. Ya saben, La Junta que todo lo desune, y pienso que no hay nada mejor que el sentir bajo el culo de una el falso terciopelo de la silla de mi supuesto lugar de trabajo. Me he sentado esta mañana y ha sido como cuando una tiene uno de esos apretones traicioneros y encuentras un excusado con el que no contabas: ¡Reina por un día!

Y qué tontos estamos, en general, durante once meses, pensando en ése de vacaciones que nos liberará de todas las tensiones de un año interminable. Y qué cretinos somos las más de las veces. Porque nada más lejos de la realidad. Todo lo que se te viene encima en ese tiempo soñado va a ser tan diferente de tu propio sueño, que en el meridiano del mes ansiado, te pellizcas repetidamente para ver si consigues despertarte. Nunca ocurre, y la pesadilla continúa hasta el final.

Yo este año había decidido no salir, no salir de vacaciones, digo. Me lo propuse a mediados de julio: “Aurora, como en casa, en parte alguna”. Hice mis planes y un calendario con la mejor programación que una pueda desear: Un poquito de siesta por las tardes, piscina por las mañanas en casa de mi vecina, lectura al anochecer y se terciaba, terrazita en Segovia para ver y dejarse ver. Cualquier parecido con lo planificado mera coincidencia. Otro año más que me he dejado liar. Otro año más que la he vuelto a cagar. ¿La culpable? Yo, la primera, y en segundo lugar la confabulación de mi santa y de Chari.

Y es que lo veía venir. A finales de julio mi madre estaba como que me huía. Se pasó todos los santos días con revistas debajo del brazo y el teléfono pegado a la oreja. Mamá -le dije en una ocasión-, ¿se puede saber qué te llevas entre manos?, que yo sepa a ti las revistas del cotilleo te ponen del hígado... "Estoy muy preocupada porque Leticia está embarazada y la sigo viendo muy delgada". Lo que es la vida, pensé, mi madre preocupada por la Leti y cuando yo parí a mi Jose ella no se movió de la playa de Campello. Pero todo formaba parte de una confabulación entre ella y mi amiga. Porque a los pocos días se destapó el pastel al calor de un gintonic en la terraza del Jeyma: "Aurora, que nos vamos a Marruecos. Hemos encontrado un viaje muy apañado y que nos vamos..." Pues muy bien, contesté, pensando en que la historia no tenía nada que ver conmigo y además se me ponían las cosas mejor de lo que esperaba, dado que la casa se iba a quedar para mi solita.

"Nena, estas que no te enteras, aventuró Chari, que-nos-vamos, las tres, que nos vamos las tres juntas a Marruecos, juntas, ¿comprendes? "Ahora hazte la sorprendida, remató mi madre. Ahora di que tú no sabías nada, que somos nosotras las que te mantenemos al margen de todo, que por qué no te hemos consultado y todas esas zarandajas que siempre se te ocurren cuando has pasado de nosotras. Te lo dije el otro día, pero tú, ni caso". Estaba claro que el plan estaba urdido y extendían la tela de araña sin piedad. Viudas negras, pensé. Implacables, peludas y ponzoñosas viudas negras. Allí estaban, sacando del bolso las supuestas revistas del colorín y llenando la mesa de promesas en remotas arenas del desierto.

Y para qué les voy a contar. Sin olerlo ni catarlo que me veo subiendo por la escalerilla de un charter de menos confianza que el Yak-42, a las seis de la mañana, rumbo a Casablanca. "Tócala otra vez, Rick...., o era Sam…". "Quince días de auténtico lujo y exotismo", rezaba el folleto. Me cago en tos sus muertos, lujo y exotismo... De un hotel donde el mayor lujo que nos asistía era un ventilador colgado tétricamente del techo, con el que he soñado los catorce días siguientes que nos rebanaba el cuello, a un ¿paseo? a lomos de un hijo puta de camello que cada vez que te descuidabas te tiraba un bocado a las piernas que, o andabas lista o quedabas para pedir a la puerta de una iglesia.

A todo esto servidora sin cagar. Como se lo digo. Que iban para diez días y ni asomo de hacerle una visita al ya me entienden. "Hija, es que tú es lo que tienes, que te lo guardas todo. Lo mismo para una cosa que para otra. Mira que te lo tengo dicho: Tienes que ser más para afuera". Yo la miraba, verde como estaba, y no podía creer que ese monstruo me hubiera parido. Mi amiga me dijo: “Nena, en estos países todo lo arreglan con hierbas, igual si vamos a la medina encontramos algo que te de remedio”.

En bendita hora le hice caso. Les aseguro que una no es racista, que me tengo tope currado lo de la igualdad de los pueblos y lo que todos-somos-hermanos; pero que el moro de la khasba que me vendió las hierbas es el mayor hijo de puta de los hijos de su madre que pueblan el planeta es tan verdad como el Alá que nos ilumina. Dios santísimo lo que me acordé de Santiago (El Matamoros patrón) en mi despeñarme a los avernos menos imaginados. Imaginen el cuadro: Un moraco con menos dientes que un sapo y poseedor de unos dedos largos, secos y negros cogiendo, a puñados, de un saquito unas aromáticas con peor aspecto que él mismo. “Mucho buenas señoga…, estas no dag dolor ninguno…” ¡La puta que le parió mil veces!

Con trabajo, pero me las tomé esa misma noche. Todo bien. Al día siguiente me había olvidado de la infusión, del paisa y de la que le parió. Caminábamos las tres, frente a la puerta de Bad Manssur, una joya llena de mierda hasta las orejas, cuando cuarenta cuadrigas romanas, tirando cada una para un lado, hicieron acto de presencia en mis tripas. El intenso e inmenso retortijón me dobló como una escarpia. La cara blanca como una muerta. La frente helada como la de un cadáver. “Aurora, -escuché que decía mi madre-, ¿te ocurre algo”? Y yo en el suelo retorcida como una víbora. “No es verdad que esto me esté ocurriendo a mi, no es verdad”. Necesito un servicio, chillé al tiempo que salía disparada a no sabía dónde. “Toiletteeees, s’il vous plait, toiletteeees”, y el suelo se me iba poniendo amarillo por momentos. Toiletteeeees.

No sé si fueron quince, treinta calles, o la medina entera la que me recorrí poseída por un dolor que me partía en dos. Chari y mi madre, como galgas, tras mío coreando: Toiletteeeee, toiletteeeee… Estaba a punto de desfallecer, notaba que las fuerzas me abandonaban por momentos y al doblar una esquina vi lo que en mi imaginación quise que fuera un bar. “Toilette, please, s’il vous plait, por sus muertooos…, chillaba, ya fuera de mi, mientras los parroquianos me miraban como si hubiera hecho acto de presencia una aparición. Toiletteeeee, toiletteeee, vociferaban mis dos acompañantes.

Una seña fue suficiente. Me tiré por un pasillo que terminaba en una puerta con más mugre que la sotana de un cura preconciliar y me lancé en plancha, con las bragas ya por las rodillas, sobre lo que se adivinaba como una taza de inodoro. Tapada. Estaba tapada, pero ya era tarde. De los laterales de mis nalgas manó una pestilente fuente a modo de surtidor. ¿Ustedes han leído la obra de Erika Jones “Miedo a volar”? Pues así me sentí yo: Con la regla resbalando mis piernas y ni una mala compresa que llevarme al chocho. Sólo que peor. Voy a ahorrarles los detalles.

Se acabó (“porque yo me lo propuse y sufrí…”), se acabó para siempre. Adiós a las vacaciones, a los tours, a los chollos de última hora, a los charters gorrineros, a visitar once países en ocho días: súbase al carrusel, la ruleta de los locos no deja de dar vueltas. Se acabaron para mí los cuentos de las mil y una noches, pero sobre todo, y por encima de todo, el sufrir. Se acabó, y ahora, ya, mi mundo es otro. ¿Vacaciones? ¡Pa su puta madre!


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