Hace
unos meses, por una coquetería impropia de mi edad, me dejé
arrastrar a un viaje de los denominados de la tercera edad. Esos
que nos venden como un favor a los usuarios y que ayudan a mantener
la maquinaria turística en zonas costeras. El caso es que,
empujado por una vieja amiga mía, me encontré en un
autobús incómodo como pocos y un viaje en avión
acompasado a cada turbulencia por los UUUUUUHHHHH, AHHHHHHH del
pasaje.
Mi destino, es lo de menos. El caso es que allí nos plantamos,
en un hotel nuevo, preparado para el turismo rápido, un equivalente
similar a la hamburguesa respecto a la comida. En líneas
generales el viaje fue un éxito. No, no lo voy a negar, hasta
hizo bueno. En unos 15 días vimos siete catedrales, tres
castillos, diez calles comerciales y algún maravilloso taller
de artesanías variadas que ¡oh, hados divinos!, concedía
la oportunidad de comprar algún que otro recuerdo del viaje.
La peor parte llegó a la vuelta, intentando recordar qué
catedral era cada cual. Debo confesar que cuando enseñé
las fotos a mi hija mentí como un bellaco. De hecho, en pleno
disimulo, debí mostrar nueve catedrales con fotos de siete.
Menos mal que sus ganas de ver las instantáneas eran tan
inmensas que se limitaba a asentir con una sonrisa de oreja a oreja,
silbando entre dientes un “muy bien”, o “qué
bonito”, mientras colocaba la esfera de su reloj de pulsera
al alcance de sus pupilas con el máximo disimulo.
El turismo de hoy en día es un producto de consumo. Nada
que ver con aquel viajar de otros siglos, en que la inmersión
cultural estaba asegurada. Entonces sí se conocían
otros paises y se aprendía. Hoy por hoy, viajar es como comprarse
unos zapatos. Uno es transplantado a no sé cuántos
kilómetros en un avión, teletransportado, vamos, y
eso si no es de los que se acojona a 10.000 metros del suelo, que,
hay que ver, hay gente para todo. El caso es que, tras pisar tierra,
te llevan a los sitios más pintorescos, cruzas tres palabras
con los nativos (¿Cuánto cuesta esto? ¿Qué
carooooo? ¡Venimos de Segovia!) y se saca unos cuantos carretes
de fotos para aturdir al personal y demostrar que estuviste allí.
Porque al final lo que cuenta es la foto, con el monumento de marras
al fondo: “Sí, es del siglo...mmmmmmm... Bueno, pues
eso, que es un castillo que hizo un rey para no sé qué...
Pero, ¿a qué es bonito?”. Y el viaje se desvirtúa,
porque uno se divierte menos que si se tira todo el día al
sol, o realiza las más banales actividades porque no hay
recompensa por ir a matacaballo y ni tan siquiera recordar lo que
ha visto.
La próxima vez, me voy a ir al caribe, a uno de estos sitios
que el hotel esta al lado de la playa. Me han contado que unas vallas
muy altas y unos guardias vigilan que los pobres no puedan acercarse
allí, y estás todo el día tranquilo. Menos
mal, porque, desde luego, la miseria no tiene porque estropearme
las vacaciones y para conocer un país no me hace falta ver
a sus pobres.
PaginasDeSegovia.com - La publicacióón de mayor distribución en segovia ahora en Internet