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Aurora Limón

LA ÚLTIMA DE PÁGINAS
Las vacaciones es lo que tienen
         Las vacaciones es lo que tienen, que te sobra tiempo para pensar. ¿Y qué hay peor en esta vida que poner la lavadora en marcha y venga de cavilar, venga de cavilar? Las vacaciones deberían de estar prohibidas. Por ley, por decreto o por cojones. Ya lo dijo san Juan de la Cruz o la otra santa que se ponía de pellote hasta las trancas: La holganza es la madre de todos los vicios. Qué razón tenían. Debe de ser que le tengo miedo a la cabeza, o al menos eso es lo que dice una amiga y vecina que es como la “yerbas” esa que sale en mi serie favorita “Aquí no hay quien viva”. Todo esto viene a cuento porque, redundando en la manía esta que tiene la santa Junta que todo lo desface, me han obligado a tomar vacaciones (un mes entero) y ando más perdida que el Niño en el templo.
Somos animales de costumbres, piezas de un mecano bien engranado donde cualquier alteración nos deja más confundíos que la noche a Dinio. Yo es que estoy mu programá, lo sé. En cuanto me sacan de mi rutina, ¡Zás!, mi cacumen empieza a hacer bip, bip, bip y me comporto como las más de las protagonistas de “Mujeres perfectas”, esa estúpida película de lobotomizadas y oxigenadas señoras de la sociedad norteamericana. Que por otra parte no debe de estar muy lejos de la realidad misma, salvando honrosas excepciones. Llevo dos días de asueto (los avispados/as pueden echar cuentas de quién falta en el Cementerio de los Elefante -léase la Junta-, y tal vez me ahorrarían todo lo que pretendo escribir).

Decía que llevo dos días brazo sobre brazo y ya me he planteado toda mi existencia. No sé lo que será de mí cuando llegue a final de mes. Lo primero que me sobresalta, -ustedes pensarán que soy una intrascendente-, es este síndrome de Anna Frank que arrastro van ya para ocho años. Sí, ya sé que cada uno tenemos una cruz que arrastrar en este miserable pasar que llamamos vida, pero joder, el Señor debía de estar jugando al mus cuando asignó la mía. “… Una de ostracismo pa l’Aurora…”. Y se quedó como Dios mismo. Se lo vuelvo a repetir, es lo que tiene esto de andar holgazaneando… Que te dan unos prontos de consecuencias imprevisibles. Porque a una lo que le pide el cuerpo es pillar La Sepulvedana, (Que como todo el mundo habrá entendido es el servicio de autobuses más cutre de este país, y no una oriunda de…, bueno ya saben lo que quiero decir).

La Sepu, digo, y plantarme en cualquier plató de televisión en un programa tipo “Las tardes de Patricia” y contar de una puta vez que yo no soy yo, que fue de una pedrá que me dieron de chica lo que hace que cada diecinueve de cada mes, mi alter ego se apodere de mí misma y me convierta en esta especie de mister Hayde deslenguada y pendenciera en que me he convertido. Relataría, con lágrimas en los ojos, como Lady Di, que en realidad lo que de verdad verdad soy, es un ser limpio y candoroso; que no detesto a las oenegés (joder, lo que me cuesta escribir esto), que mi Pernales Ortiz es un currante como no hay dos y que la Fundición Juan de Borbón ha hecho más por la cultura de esta ciudad que dos mil años de historia. Contaría, con los mocos sobre el regazo, que mi matrimonio fue desgraciado porque yo era una perra de tomo y lomo. Una manirrota que hacía más horas de bingo que la difunta Lola Flores. Una echá pa lante que no se arredraba ante cualquier par de pantalones bien puestos. Enumeraría, uno detrás de otro, a cada uno de mis amantes, con nombres y apellidos, como se hace ahora en televisión, para pedirles perdón por haber roto sus aburridas vidas. Hablaría del pastor (no Protestante, ni tan siquiera protestón) que me cuidó el rebaño, con profusión, en tiempos de carestía. Lo contaría todo, definitivamente todo, porque alguna vez en la vida el alma necesita serenarse y que las aguas vuelvan a su cauce. Los recuerdos son parte de nuestra cruz. O de nuestra gloria.

Suscribo lo que dice Lydia Davis en un cuento que habla de los recuerdos que tendremos cuando seamos viejos y sólo tengamos el consuelo de los buenos recuerdos: “…De vez en cuando debería de asegurarme de no pasar mucho tiempo sola, ni tampoco acompañada pero infeliz. De vez en cuando debería echar la cuenta: ¿cuántos buenos recuerdos llevo por ahora?” Las vacaciones es lo que tienen, ya lo decía al principio, que una se pone tonta de tanta holganza y baja la guardia, más de lo aconsejado dado los tiempos que corren, y se descorren los visillos del alma y se traslucen por los intersticios las miserias que nos rebosan. Ahora que lo pienso voy a dejar las cosas como están. El pensar se va a acabar Aurora, que más te vale seguir siendo tú, sin serlo, que no ser, siendo. Como dice mi madre: “Con las ganas que te tiene alguno, hija…, como para darles pistas... Pues eso, que no, que chitón en boca y más callada que una muerta. En definitiva soy una rumbearaaaaaaa, peliculera; soy la faraona del chachachá. Soy una vieja loca, una buena chica, un furúnculo malo, lleno de pus. Soy agua pasá.

No me tomen en serio, tómenme a risa, vuelvan la espalda, llámenme puta. ¡Y qué más da…! Mientras tanto la Iglesia diciendo gilipolleces del calibre de los obuses que no condena. Y entre tanto, servidora envidiando los baños que otros años me he dado en la piscina de mi amiga y vecina (la del torreón), porque el vaso de la alberca hace aguas, como casi todo. Aquí los únicos que se dan baños, de multitudes, son los del Vaticano en Lourdes. Anda que no, que en el próximo jubileo, o como se llame, para allá que me voy yo a ver si la virgen del sitio me encuentra un novio que me alegre las pajaritas. Y Chari, con sus turroneras, venga de ligar bronce o lo que se tercie. Házme pista, nena, que voy p’allá.


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